Cuando contemplamos la inmensidad de las parameras, con sus horizontes limpios y su aparente soledad, es fácil pensar que estamos ante un paisaje puramente natural. Pero esa es solo media verdad. La tierra que pisamos es, en realidad, un paisaje cultural, una obra forjada durante siglos por la alianza del hombre, la oveja y el clima, en una de las mayores epopeyas económicas de la historia de España: la trashumancia.
Para entender las parameras, hay que escuchar el eco de una historia que se remonta a mucho antes de lo que imaginamos, una que nos habla de fueros medievales, de reyes y de una riqueza lanar que asombró a Europa.
Un territorio ganadero por Fuero
Mucho antes de que la famosa Mesta existiera, el Señorío de Molina ya tenía el ganado en su ADN. El primitivo Fuero de Molina, otorgado a mediados del siglo XII, ya incluía cláusulas detalladas para proteger los rebaños y regular su convivencia con la agricultura. Esta vocación pastoril innata convirtió a la región en el escenario perfecto para la gran institución que estaba por venir.
En 1273, el rey Alfonso X el Sabio creaba el Honrado Concejo de la Mesta, una poderosa organización que durante siglos protegería los intereses de los ganaderos trashumantes, convirtiéndolos en un auténtico «Estado dentro del Estado».
Molina, el corazón lanar de Castilla
La importancia del Señorío de Molina dentro de la Mesta fue colosal, no solo de paso, sino como uno de los mayores centros productores. Las cifras son abrumadoras: de los casi tres millones de cabezas de ganado que componían la cabaña nacional en el siglo XVI, casi una tercera parte estaban censadas en tierras de Molina. Ya en 1477, el censo registraba más de medio millón de cabezas en la comarca.
Esta enorme cabaña producía una lana de calidad excepcional. El historiador del siglo XVII, Diego Sánchez de Portocarrero, afirmaba que las lanas de Molina eran las «primeras en fineza después de las de Segovia» y que se exportaban con gran interés a Italia, Francia, Flandes e Inglaterra.

Las autopistas de la lana: cañadas y veredas Molinesas
Este inmenso movimiento de «ríos de lana» se articulaba a través de una red de caminos ganaderos con anchos y nombres definidos. Las Cañadas eran las vías principales, con una anchura legal de 90 varas (75 metros), seguidas de las Veredas (37 metros) y los más estrechos Cordeles.
Además de las grandes rutas nacionales, el Señorío de Molina estaba surcado por sus propias vías:
- La Vereda Real, que llegaba desde Aragón, cruzaba el valle del río Mesa y los páramos de Molina para dirigirse hacia la Serranía de Cuenca.
- La Vereda de la Mata, que partía de la propia Molina.
- La vereda que cruzaba el emblemático Puente de la Tagüenza, ruta crucial para los ganados que se dirigían hacia Andalucía.
La huella en el paisaje
El legado de esta cultura pastoril está grabado a fuego en el paisaje de las parameras. Las ruinas de las parideras y tainas de piedra son los monumentos silenciosos de esta epopeya. Pero la huella va más allá. El pastoreo constante durante siglos impidió el crecimiento de bosques, creando las llanuras despejadas que hoy son el hábitat perfecto para las aves esteparias.
Incluso la vida social se organizaba en torno a esta actividad. Las asambleas de ganaderos se celebraban en puntos clave del Señorío, como la ermita de San Pedro entre Concha y Aragoncillo, el torrejón de Traid, o en Ventosa.

El ocaso de un imperio pastoril
El poder de la Mesta comenzó a declinar con la llegada de los Borbones y recibió su golpe de gracia con las Cortes de Cádiz y la influencia de ilustrados como Jovellanos, quienes veían sus privilegios como un freno para la agricultura. En el siglo XX, la tradición prácticamente desapareció.
Hoy, el paisaje que admiramos es la herencia directa de este pasado glorioso. Un legado frágil, pues sin los rebaños que lo mantuvieron, el matorral avanza y amenaza con transformar este ecosistema único. La próxima vez que viajes por las parameras, mira con otros ojos. Cuando veas un muro de piedra solitario o un camino inusualmente ancho, sabrás que no estás en un lugar vacío, sino sobre las cicatrices de la historia, en el corazón de un antiguo imperio de pastores.
