Seguir los pasos de Rodrigo Díaz de Vivar es mucho más que recorrer un camino; es sumergirse en la literatura, la historia y, sobre todo, en un paisaje que forjó la leyenda. De todas las tierras que atravesó el Cid, pocas son tan auténticas y evocadoras como las Parameras Ibéricas. A través de las rutas oficiales del Camino del Cid, vamos a descubrir el itinerario del Campeador por el Señorío de Molina y las parameras.
Este no es un viaje de valles frondosos, sino de horizontes infinitos, de castillos que vigilan un mar de tierra y de un silencio que nos conecta directamente con la Edad Media.
El Cruce de la Frontera: De «El Destierro» a «Tierras de Frontera»
El viaje del Cid por nuestras parameras comienza donde termina la primera gran ruta oficial: «El Destierro». Este tramo lleva al viajero desde su hogar en Vivar del Cid (Burgos) hasta Atienza (Guadalajara), el último bastión del Reino de Castilla. Es justo aquí, a las puertas del Señorío de Molina, donde el Cid se despide de su tierra y se adentra en territorio hostil.
Es la ruta de «Tierras de Frontera» la que nos sumerge de lleno en las parameras. Siguiendo los pasos del Cid, el camino atraviesa las altiplanicies solitarias y los sabinares centenarios de Maranchón y Layna. Este tramo es la esencia pura de la frontera medieval: un territorio de atalayas vigilantes, pequeños pueblos fortificados y un paisaje austero que obligaba a cabalgar con los cinco sentidos alerta.
El Corazón de las Parameras: La Ruta de «Las Tres Taifas»
Para explorar el núcleo del Señorío de Molina, la ruta clave es la de «Las Tres Taifas». Este itinerario, que conecta los territorios de las taifas de Zaragoza, Toledo y Albarracín, tiene uno de sus vértices en Molina de Aragón.

Fue aquí donde el Cid encontró a su famoso aliado musulmán, el alcaide Avengalbón. Como narra el Cantar, este «moro de paz» le ofreció refugio y provisiones, demostrando que en la frontera las lealtades eran más complejas que las creencias. Recorrer este tramo nos permite imaginar la llegada del Cid a la imponente fortaleza de Molina, un encuentro que fue clave para su supervivencia. Esta ruta nos guía por el corazón de las parameras, un paisaje que, a pesar de los siglos, conserva intacta su alma de territorio fronterizo.
El Campamento del Cid: El Anillo de Gallocanta
Tras su paso por Molina, el Cid se dirige hacia el Jiloca y Levante. Es aquí donde encontramos una de las joyas del Camino: el «Anillo de Gallocanta». Esta ruta circular, que parte de la monumental Daroca, rodea la Laguna de Gallocanta, un lugar que muchos historiadores identifican con el «Alucant» del Cantar de mio Cid.

Según el poema, el Campeador estableció en este lugar un campamento desde el que dominaba todo el valle. Hoy, el «Anillo de Gallocanta» nos permite revivir esa gesta estratégica visitando los pueblos y castillos que rodean la laguna, como Berrueco o Tornos. Pero además, nos ofrece uno de los mayores espectáculos naturales de Europa: la migración de miles de grullas cada invierno. Contemplar las aves en este mar interior es conectar de forma mágica el presente con el mismo paisaje que vio el Cid hace más de 900 años.
Recorrer el Camino del Cid por las Parameras Ibéricas es, en definitiva, utilizar la historia como mapa para descubrir un territorio único. Es comprender que estos horizontes infinitos no estaban vacíos, sino llenos de leyendas, alianzas y del espíritu indomable de un héroe.
